Con ustedes Aleida!!!! de Nada sucede por casualidad
Otro Festival llega, tristemente es el penúltimo, pero no por eso dejamos de esforzarnos. Antes qué nada, quiero agradecer a DIANA, por abrirme tan amablemente las puertas de su blog y a sus lectores, por tomarse el tiempo de leerme.
Lo que más me gusta de este festival, es su objetivo principal, conocer más amigos, así que espero ampliar mi círculo de bloggers, que por lo pronto, mi estimada Diana ya está en ellos...
Un abrazoteee!
De noche ¿en la oficina?
Desde que entré a trabajar al periódico, me di cuenta que era cierto eso que decían mis maestros “tienes hora de entrada, pero no de salida”.
Los primeros meses, fueron una tortura, andar corriendo todo el santo día y terminar a horas en las que no estaba acostumbrada andar trabajando (10 u 11 de la noche) y me la pasaba quejándome.
Un día (de esos en los que decides cambiar), dejé de quejarme y a realmente, amar mi trabajo y sobre todo, mis horarios tan desajustados.
Estaba en eso, cuando me cambian de puesto (de reportera a coeditora). Ese cambió implicó quedarme en la oficina tooodo el día.
Al principio (como siempre) fue extraño el cambio y el, nuevamente, acostumbrarme al horario.
Aunque se suponía que estaría con horario de oficina y con dos horas para comer, poco a poco me fui acoplando al ritmo de trabajo, y a mis compañeros, tanto me acoplé, que ahora es muy difícil que me saquen de aquí, jajajaja.
Y justamente, hace unos meses, me tocó vivir una de las mejores trasnochadas laboriles.
Resulta que nos pidieron un suplemento sobre comuniones y graduaciones, el caso es que fueron como 80 eventos y más de 110 páginas. El material llegó a mis manos con la consigna de revisarlo, corregirlo y pasarlo a diseño, de allí, ver que las páginas se movieran a corrección, que se hicieran las correcciones, acomodar publicidad, revisar las páginas, llevarlas a corrección con mi jefa… no no no, una de cosas que no había hecho, al menos no la mayoría.
El día del cierre, contrario a lo que pensé, se hizo de lo más ameno.
Llegué a la oficina a las 9 am como siempre y después de sacar el trabajo de todos los días, me dediqué a pelearme con dommies, publicidad, número de páginas, acomodo… Las hojas pasaban por mis manos, al mismo tiempo que la gente pasaba por mis ojos. El suplemento iba tomando forma, mientras la relación laboral con los diseñadores iba creciendo más y más.
Tan entrados estábamos en el trabajo, que ese día yo tenía que ir a recoger un vestido para la boda de una de mis amigas y tuve qué mandar a mi mamá por él, porque quién sabe a qué hora saldría de la oficina.
Cerca de las 8pm (sí, pm) uno de mis compañeros editores se le ocurrió decir que tenía hambre, así que empezamos a bromear con que habíamos que traernos unas pizzas y unas cheves, obviamente, sólo mandamos pedir las pizzas.
Una hora después, suspendimos el trabajo para atascarnos los pedazos de pizza, cuidando no manchar las hojas que taaanto nos costaron acomodar. Regresamos a las máquinas y a las hojas.
Los diseñadores (a quienes admiro muchísimo) mandaron el otro suplemento que tenían pendiente, mientras nos revisaban una parte de nuestro mega suplemento.
El tiempo corrió entre que nos peleábamos con la impresora, con la falta de hojas de máquina a eso de las 10 de la noche, con las máquinas trabadas, los índices, la presión por las portadas para incluirlas en un diseño especial dentro del periódico, la corrección de fotos, del diseño de las páginas…
Luego, cuando finalmente se empezaron a terminar las páginas, los diseñadores se dieron cuenta que había un problema con los formatos, afortunadamente, el jefe de diseño acudió en nuestro auxilio y nos salvó de quedarnos más tiempo allí.
El reloj marcaba 1:58 am cuando todas las páginas se fueron a impresión para realizar placas y esas cosas que aún no entiendo muy bien.
Los diseñadores, mi jefa, mis compañeros comenzaron a desaparecer y 10 minutos después, yo les hice segunda.
Al día siguiente, me enteré que una de las diseñadoras se tuvo que quedar hasta las 3:30 am porque varias páginas marcaron error.
Obviamente, todos los demás (los que no se desvelaron) no podían creer que llegamos a la oficina a las 9am y nos fuimos hasta después de las 2am. Algunos demostraban con sus facciones que ni locos se quedarían hasta esa hora, otros sorprendidos no sabían ni qué decir… Lo único que yo les pude decir fue “así es esto y por eso, ¡AMO MI TRABAJO!”







